martes, 17 de mayo de 2016

CHARLOTTE PERRIAND, UNA ARQUITECTA DESCONOCIDA








El pasado 8 de marzo “Día internacional de la mujer”, entre tantas flores y poemas, me llegó la interesante historia de una arquitecta desconocida, pero no menos grandiosa, la francesa Charlotte Perriant. Y a los pocos días de ello coincidentemente falleció la gran ZahaHadid, primera mujer el ganar el premio Prizker de arquitectura, lo que fue pretexto para que los entendidos volvieran a debatir ante la opinión pública, el ya tan mentado tema de la discriminación de la mujer para valorar su talento en cuanta profesión se desempeñe.

Y es que es tal la discriminación en el ámbito de la arquitectura particularmente, que aparte del premio Prizker entregado a Hadid y a la japonesa Kazuyo  Sejima, no se les ha sido reconocido a otras mujeres que se encontraron como arquitectas o mecenas detrás de también grandes arquitectos, contribuyendo con su talento y con dinero al engrandecimiento de esta bella profesión.

Charlotte Perriand (París 1903-1999) por ejemplo, colaboró discretamente con los arquitectos Pierre Jeanneret y Charles Edouard Jeanneret- Gris, más conocido como Le Corbusier, quien éste último, luego de visitar la exposición “Bar bajo el techo” en el Salón de Otoño en 1927, descubrió a la arquitecta y la invitó a sumarse a su equipo de trabajo, lugar desde donde pudo dar rienda suelta a su creatividad, primero como arquitecta y luego como diseñadora de muebles para decorar los espacios creados por el arquitecto suizo.

Dichos muebles se caracterizaron por ser altamente funcionales y bellos, con marcada influencia oriental, producto de sus vivencias en el Japón donde colaboró como asesora artística del gobierno entre 1940 y 1942 y luego como exiliada en Vietnam. 

Lejos de disfrutar tranquilamente de las satisfacciones que le proporcionaba su trabajo, su arquitectura también dejó entrever su inclinación política y social, por cuanto tuvo particular interés por las condiciones de vida de los parisinos durante las épocas de crisis por causa de las guerras, para lo cual trabajó junto con otros intelectuales en el diseño de viviendas sociales, donde se destacaban el bajo presupuesto económico y los pocos metros habitables que sin embargo resultaban ser funcionales a través de paredes modulares y desplazables siendo al mismo tiempo, desmontables y transportables.

Su labor como arquitecta de interiores le supuso el reconocimiento como colaboradora de Le Corbusier recién en el año 1935, pero no fue hasta luego de su muerte en el año 1999 que mediante una exposición monográfica de su obra en el Centro Pompidou de París, se le está dando el lugar que se merece en la historia.

Ojalá este sea el destino para otras arquitectas que han aportado mucho como es el caso de Wendy Cheesman más conocida como Wendy Foster, primera esposa de Norman Foster, quien fue una de las fundadoras junto a su marido del primer estudio de arquitectura de la pareja en Londres, desde donde diseñaron los primeros edificios que sin duda aportaron a la creación de la leyenda viva que es hoy Norman Foster.

O para Aina Marsia quien también fue arquitecta y colaboró de otro genio como lo fue su marido Alvar Aalto. O también mecenas como Truss Schroder-Schrader quien supo ver el talento creativo de Gerrit Rietveld para lo cual le ayudó económicamente para su desarrollo profesional y le encargó particularmente la construcción de su famosa casa considerada al día de hoy, Patrimonio de la humanidad.

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