sábado, 11 de abril de 2020

MEMORIAS DE LA PANDEMIA. Parte 4. Del sentido de la vida y la muerte


Estamos en día 28 del confinamiento y aún no sabemos si seguiremos o no con esta medida a lo largo del mes de mayo. Mientras tanto, seguiré compartiendo mis reflexiones, si mis lectores así lo permiten.

En mi último post había manifestado mi escepticismo con relación, a que luego de esta pandemia, saldríamos reforzados siendo mejores personas, pero parece que me estoy equivocando. No del todo, por supuesto, porque comparando a lo que sucede entre las distintas sociedades, donde vemos que unos se aprovechan para lucrarse con esta tragedia, otros en cambio, han encontrado tiempo para aflorar una conmovedora solidaridad. Y eso, es algo que merece ser destacado.

Por otro lado, parafraseando al gran chef catalán Joan Roca quien dijo una frase cargada de verdad, es que luego de esta epidemia, todos habremos perdido algo y yo añadiría que muchos, habremos perdido más. Y esto, lo recalco porque, al menos a nosotros (mi familia y amigos), nos ha tocado de cerca con el fallecimiento de un gran amigo, del cual, ya había comentado en este blog a propósito del gran aporte que éste hacía a la cultura ecuatoriana, difundiendo por todo el mundo los saberes ancestrales a través de la danza y la música.

Estaría por demás comentar lo que se siente ante la pérdida de alguien tan cercano y lo que es peor, siendo tan joven y con mucho que aportar aún. Sin embargo, me es imposible no compartir esos sentimientos de desconcierto y decepción por cuanto, al menos a mí, se me hace difícil entender del sentido de la vida. Y no me extrañaría que mucha gente, en momentos como este, optara por hundirse emocionalmente y en el peor de los casos, suicidándose, al no encontrar respuestas y sustento espiritual para sobrellevar tan duros momentos.

Como decía, no encuentro sentido a la vida si ésta, está destinada a ver partir a las personas que queremos y más, en estas duras circunstancias. Pero luego, también creo que se puede encontrar sentido, en cuanto, uno de los privilegios que se nos han dado nuestros padres al permitirnos vivir, es precisamente el gozar de esas personas. De su amistad, de sus conocimientos, de los momentos agradables del que luego, quedan los recuerdos. Alguien dijo que “Recordar es volver a vivir” o, esta que me gusta más, que “Recordar es volver a ser felices”. Y es así, porque esos recuerdos quedan en nuestro poder, para guardados en los cajones de nuestro corazón y de nuestro cerebro y tener el privilegio de abrirlas cada vez que nos dé la gana y compartirlas a manera de anécdotas o enseñanzas, con quien creemos son merecedores de receptarlas. O simplemente, para volver a ser felices, como bien decía la frase en un párrafo anterior.

Lo único cierto es que, nos volvamos malas o buenas personas, o hayamos perdido o no algo, todos habremos cambiado, porque lo que ha sucedido, nos dejará huellas. Hay quienes piensan que todo volverá a ser como antes, pero yo pienso que el mundo nunca lo volverá a ser, a menos, que se consiga un remedio dentro de la medicina, que nos haga olvidar esta pesadilla. Mientras tanto, cambiarán nuestras costumbres, ya nos abrazaremos ni nos besaremos, cambiará la manera de hacer las reuniones, los espectáculos públicos, la forma de trabajar, de viajar, se reforzará la sanidad y valoraremos más a los profesionales sanitarios.

Y cuando contemos a las siguientes generaciones y veamos las imágenes de lo que provocó la pandemia por medios digitales a través de los años, si es que sobrevivimos, se nos hará difícil no echar una lágrima.

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