miércoles, 29 de abril de 2020

MEMORIAS DE LA PANDEMIA. Parte 6. De la solidaridad




Día 46 de confinamiento.

Como se sabe, desde los primeros siglos de la cristiandad la solidaridad se erigía como característica fundamental de la misma, al ser los primeros cristianos perseguidos y que, por consiguiente, debían compartir y organizarse si deseaban sobrevivir. Luego, esta característica se fue institucionalizando dentro de la misma Iglesia y conforme fue avanzando la civilización, los estados también la hacen suya al establecer como compromiso ineludible de la democracia, el de velar por las necesidades de la población sobre todo en lo concerniente a la salud, la educación, etc.; así mismo, otras organizaciones y ya en los tiempos modernos, también la institucionalizan sin tener que ser necesariamente católicos o funcionarios públicos para lo cual se crean las famosas ONGs (Organizaciones no gubernamentales).

Por otro lado, alguien dijo que, en los momentos difíciles de la humanidad como pueden ser un terremoto, un tsunami, una guerra o, como en este caso que nos ocupa en este momento, una pandemia, es cuando las personas pueden sacan lo peor o lo mejor de sí mismos. Por lo mismo, me es inevitable no reflexionar sobre este asunto, al comprobar que existe más solidaridad en unos países que en otros, ya que, según las noticias publicadas, por ejemplo, en unos sitios se han creado redes de ayuda en el vecindario para hacer la compra o recados a ancianos o discapacitados que no pueden movilizarse; o que, en las altas esferas, futbolistas famosos como Bale que ha donado medio millón de euros al hospital de Gales y otro medio millón al de La Paz de Madrid para que gestionen tratamientos para el coronavirus; en otros países, en cambio, la insolidaridad campea a nivel institucional como el frustrado negociado a través del IESS (Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social) de millones de mascarillas las mismas que normalmente cuestan 1,50 dólares y que se pretendieron declararlas como que habían costado 12 dólares o, que se prefiera pagar 800.000 dólares en publicidad para promocionar a una autoridad en vez de comprar test de diagnósticos de coronavirus con los cuales se habría podido salvar miles de vidas.

Pese a esto último, no se puede desconocer que en el Ecuador si existe gente solidaria la misma que trabaja anónimamente y que lamentablemente, no son objeto de noticia, al preferirse publicar las acciones más bien de los políticos que están en permanente campaña haciendo alarde de sus obras con los recursos del estado. Y en este punto, me he preguntado ya varias veces ¿cómo puede existir gente tan buena en medio de este ambiente de aparente quemeimportismo? Y la respuesta es que, generalmente es gente que la vida le ha golpeado demasiado debido al sistema injusto que le rodea y que ha sabido canalizar sus malas experiencias de forma positiva, lo que en países desarrollados a lo mejor se solucionaría con un tratamiento psicológico o con pastillas, en Ecuador, se transforma en un deseo de sobrevivir con la ayuda inestimable de las redes familiares y de la fe religiosa del que luego, se les hace fácil empatizar con los otros.

Pese a todo ello, no ha sido difícil para el gobierno y para los medios de comunicación culpar de la falta de solidaridad en momentos en que se exigía que guarden el confinamiento, a la cultura heredada de los ecuatorianos, a su falta de educación y, por último, a la falta de valores inculcados por sus progenitores, descartando cualquier responsabilidad de su parte pese a que ellos son también, los encargados de trasmitir dichos valores.

Recordaba que de pequeña, existía en mi escuela la asignatura de “Urbanidad y Cortesía” que no se si era iniciativa propia del pensionado católico, pero recuerdo también que mi hermano que estudió en una escuela municipal, también tenía una asignatura parecida y por ello, aprendíamos desde pequeños rutinas de aseo personal, recibíamos disertaciones sobre el respeto a las personas adultas, a los ancianos y, ejemplos de civismo por parte de personajes considerados héroes y tal es así, que me llama la atención todavía cuando regreso luego de muchos años al Ecuador, del trato respetuoso que se da a las personas, tratándome particularmente, de “Señorita” o saludando con un “Buenos días” en cualquier lugar al que llego. Pero, esa asignatura se dirigía especialmente a reforzar esos valores, es decir, los de urbanidad y cortesía que, de allí los otros, es decir los morales ya partían del medio donde uno se desarrolla o vive.

La solidaridad se aprende, entonces, cuando los niños y jóvenes ven en sus padres o en sus líderes gestos de generosidad o de renuncia; cuando se observan políticas fiscales equitativas y justas que no les obligue a salir durante el confinamiento, a buscar el pan porque el día que no lo hagan, no comen; cuando existe una adecuada distribución de la riqueza y corresponsabilidad en los deberes cívicos; cuando se observe en los medios de comunicación un periodismo que eduque e informe y que no enaltezca como héroes al ladrón, al defraudador o al mentiroso.

Porque, no es lo mismo ser solidario cuando se vive en un medio donde el estado posee un plan social, sanitario o económico que le dé seguridad y le garantice, al menos, su supervivencia, que en otros donde no existe un sistema sanitario universal, no están cubiertos sus derechos laborales o, en resumidas cuentas, la maquinaria del estado es incapaz de poner en marcha un plan para no dejarlo desamparado frente a estas adversidades.

Sin esas garantías y sin ese ejemplo, indudablemente la solidaridad se ausenta y no se puede juzgar por ello.


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