sábado, 9 de mayo de 2020

MEMORIAS DE LA PANDEMIA. Parte 7 y última. De las enfermedades mentales



Día 55 de confinamiento.

No cabe duda que las enfermedades mentales siguen siendo la oveja negra de las enfermedades del cuerpo humano en la mayoría de países del mundo. Y parece ser que, ese menosprecio es más manifiesto en países pobres como el caso de Ecuador, tal es así que, frente al repunte suicidios por causa de COVID, las autoridades han considerado que la cifra de ocho suicidios que se reportan diariamente desde que comenzó la pandemia, no es alarmante ya que lo “normal” había sido, al menos, cinco semanalmente lo que indica el grado de atención y empatía que existe por parte de quienes se supone están para prevenir los problemas de salud de la población.

Por tal razón, me llamó la atención que en España, el hecho que cualquier trabajador que tenga una depresión, por ejemplo, le da derecho a solicitar la baja laboral o una incapacidad temporal y permanente al ser incapaz de desenvolverse normalmente en un trabajo para luego, seguir un tratamiento hasta esté más o menos recuperado. Más aún, saber que Argentina es el país donde la gente visita el diván del psicólogo con mayor asiduidad que para cualquier otra enfermedad, demostrando de esta manera, la seriedad con que los argentinos se toman sus problemas emocionales. Se dice que en este país existen 200 psicólogos por cada 100.000 habitantes.

En Ecuador, al contrario, las enfermedades mentales siguen siendo un tabú.

La gente tiene vergüenza reconocer que tiene un problema psicológico o, lo que parece más probable, desconoce tenerla. Por lo mismo, al ser un país con demasiados sobresaltos políticos, económicos y naturales, una persona enferma y desesperada, más bien opta por una solución drástica como es el hecho de quitarse la vida. En el mejor de los casos se refugia en las creencias religiosas y en su familia o, lo que es más lamentable, convive con sus semejantes de tal manera que hasta existen locos sueltos o personas con graves problemas emocionales dirigiendo la cosa pública y privada con las consecuencias por todos conocidas.

Por mi parte, siempre me ha interesado el tema de las enfermedades de la mente ya que, desde que era pequeña hasta que el momento en que me establecí en España, observaba en ciertas personas comportamientos que no cuadraban dentro de lo que yo consideraba, normal. En España, por supuesto, que también las veo, pero ellas mismas se reconocen enfermas y hasta cuentan el tratamiento que reciben y el número de pastillas que toman diariamente, lo que ha permitido de alguna manera normalizar el hecho de tener este tipo de enfermedades logrando la comprensión y la tolerancia de los demás. En el caso ecuatoriano, tarde me di cuenta que todo era también parte del sistema de desigualdades que imperaba e impera actualmente en el país.

Y lamentablemente la situación no es reciente. Es desde siempre.

Recuerdo que, en mi caso personal, pese a haber tenido una infancia feliz y relajada, algo se torció a partir de la adultez, la misma que coincidió con el retorno a la etapa democrática luego de una dictadura, llegando a sentir zozobra y fracaso como país cuando, como consecuencia de los cortes de luz que podían durar hasta doce horas diarias, me invadía una sensación de desánimo al constatar la incapacidad de los gobernantes por solucionar, entre otros problemas, un asunto tan básico como era el de dotar de energía eléctrica a sus habitantes, pese a ser un país petrolero.

Posteriormente, soporté también una etapa de inestabilidad laboral en la última empresa que trabajé, la misma que coincidió con el desbarajuste político y económico del país que llegó a su clímax con la defenestración de tres presidentes de gobierno, la quiebra bancaria y como si esto no hubiese sido poco, con la erupción del volcán Pichincha, con la consecuencia de huelgas, paros, decenas de suicidios, millones de ecuatorianos que emigramos a otros países, parejas destruidas, violencia intrafamiliar, gente infartada, etc., etc.

Situación que, menos mal y con el pasar de los años con la dolarización y las remesas enviadas por parte de los expatriados el país gozó de más de una década de estabilidad económica, social y política que, parecía al fin, habíamos llegado al estatus de país con cierto nivel de desarrollo y de prestigio reconocidos en todos lados por donde íbamos.

Pero, lamentablemente parece que duró poco.

El caso es que, volviendo al tema del desconocimiento de la afectación de los problemas psicológicos por parte de la población, éstos están provocando graves problemas sociales a tal punto que la gente ya no está muriendo solamente por coronavirus sino también a causa de la depresión y la desesperanza ante los abundantes casos de corrupción, de la falta de información que ni se sabe cuántos muertos o contagiados existen por causa del virus y la desesperanza ante un futuro incierto.

Se ha vuelto común entonces, escuchar a jóvenes que manifiestan no saber si van a volver a estudiar o si, en caso de concluir sus estudios, si podrán trabajar, o a gente que se ha quedado sin trabajo con la consecuencia de no tener comida para llevar a sus hijos, a personas mayores aterrorizadas ante la posibilidad de tener que acudir a un hospital donde existe más probabilidad que se infecte que en su propia casa, a emprendedores que, pese a no tener ninguna ayuda se ven obligados a cerrar sus negocios, a gente desconcertada ante la falta de liderazgo o de decisiones absurdas tomadas por sus jefes… en fin, un panorama desolador del cual, me es imposible ser indiferente.

La solución parece estar en que, nuevamente se debe reconstruir el país, aunque para ello, se debe hacer una autocrítica general y reconocer las causas que han llevado al estado en que se encuentra el país, porque de seguir así, la desesperanza y la depresión seguirán haciendo mella en los ciudadanos y las estadísticas de suicidios seguirán creciendo ya que, al parecer, a nadie le interesa ayudar a esta gente ni mucho menos, sugerirle que busque ayuda profesional.

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