martes, 12 de diciembre de 2017

ISABEL QUINTANILLA, esa gran desconocida




Me ha causado mucho pesar conocer que Isabel Quintanilla ha muerto a los 70 años de edad y de la poca trascendencia que ha tenido su defunción en los medios de comunicación españoles.

Isabel, junto con Esperanza Parada, Amalia Ava y María Moreno, constituyen las mujeres que formaron parte del ya legendario grupo de artistas formado también por sus esposos Francisco López, Julio López y el afamado Antonio López quienes se conocieron en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en los años 50 de la posguerra y que optaron por la pintura realista.

Eran los llamados “Los silenciosos”.

Pese a que fue un grupo de esposos que hacían exposiciones colectivas en igualdad de condiciones y se dieron a conocer antes de tener los 30 años, sin duda, el que ha tenido el éxito más apabullante ha sido Antonio López, razón por la cual, se ha ido desmereciendo el talento de los demás y de manera particular de las mujeres, lo que las ha convertido en casi unas desconocidas a tal punto como decía, la muerte de Isabel Quintanilla ha pasado casi desapercibida.

Alguna vez ella se quejó que no se reconocía su trabajo en su propio país, ya que no era invitada a exposiciones o se retiraban sus cuadros sin su conocimiento. Tal es así, que en el museo de Arte Moderno Reina Sofía no existe un solo cuadro de ella. Y si alguna vez se lo reconoció, era para enmarcarla como una de las pintoras del franquismo, algo que la molestaba.

Su obra si existe en cambio en Alemania o en Washington, donde obtuvo reconocimiento como pintora particularmente en el primero, gracias a que conocieron en los años 60 a un marchante alemán dueño de una galería quien tuvo la exclusiva de la venta de sus pinturas y de los dibujos de su marido.

Quintanilla reconocía que, pese a la difícil situación de la mujer durante la postguerra, siempre tuvo el apoyo incondicional de su esposo lo que le permitió desarrollarse como pintora, algo que no sucedió con Esperanza Parada que tuvo que elegir entre pintar o trabajar. Los esposos López-Quintanilla tenían su propio espacio de trabajo cada uno, donde su marido respetaba su “santuario” y ella el suyo. Luego de morir él, se sintió incapaz de volver a ese lugar, por lo que buscó otro taller donde trabajó hasta el día de su muerte.

Sus obras, al igual que el resto del grupo, se destacan porque reflejan aspectos cotidianos de la vida diaria en hogares de escaso poder adquisitivo, de clase obrera, con escenas aparentemente insignificantes y anodinas con jardines caóticos, dormitorios y comedores sencillos, baños desportillados, vasos, muebles deslucidos, cuchillas de afeitar, hasta una colilla tirada en el suelo que, sin embargo, adquieren gran belleza al ser plasmadas con deleitoso realismo en sus lienzos.

Alguien comentó que, mientras todos detestaban ese ambiente feo de la dictadura, ellos se encargaron de embellecerlo.

En el caso particular de Isabel Quintanilla según los entendidos, ella se destacaba por ser la más observadora y, por tanto, más realista algo que Antonio López por ejemplo, devino con los años por cuanto en un principio su obra era un tanto surrealista, lo que al rectificar, fue ganando la fama con que hoy goza.

Menos mal que el año pasado, se hizo una exposición colectiva de “Los silenciosos” en el Thyssen al que tuve la suerte de acudir y donde pude apreciar la obra de esta gran pintora y de la de María Moreno, esposa de Antonio López que, sin embargo, me parece insuficiente para el gran talento que ellas plasmaron en sus obras.


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