miércoles, 27 de abril de 2016

REFLEXIONES SOBRE EL MAL USO DE LAS REDES SOCIALES Y DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN (A propósito del último terremoto en Ecuador)




Hoy quiero compartir con el permiso de mis amables lectores, mis reflexiones como consecuencia del último terremoto acaecido en Ecuador en los últimos días, considerado como el peor de los últimos 60 años por sus cuantiosos daños humanos y materiales.

Como bien han expresado algunos ciudadanos, este terremoto sacó lo mejor de la sociedad ecuatoriana pero también, lo peor. Nadie duda de la desbordante solidaridad propia de la gente llana y de a pie, pero tampoco se puede ignorar la otra cara de la moneda: la del odio expresado por unos pocos a través de las redes sociales y de ciertos medios de comunicación, sin respetar siquiera los más de 600 muertos y varios miles de personas que ha quedado prácticamente con lo puesto en las calles.

Recordaba por tal razón que cuando era pequeña, mis padres si iban a hablar de algún asunto delicado o de algunas personas en particular, nos decían a mis hermanos y a mí que salgamos al patio a jugar. Yo protestaba porque sospechaba que se trataba de algo interesante y por ello, me mataba la curiosidad. Sin embargo, ahora les doy las gracias porque nos permitieron dos cosas: primero, que sigamos siendo niños disfrutando de la inocencia propia de aquella edad y segundo, que no nos permitieran conocer aún, la parte fea del ser humano.

Con el tiempo, nuestros deseos de ser alguien en la vida o de cumplir con nuestros sueños, nos alejaron sin querer de conversaciones trascendentes. Recién, cuando ya fuimos profesionales y habíamos recibido en carne propia algunos palos duros de la vida, pudimos hacerlo, reflexionando al mismo tiempo sobre personas o hechos.

De esta manera desentrañamos del porqué de ciertas personas que habían hablado o actuado con maldad, la vida les había puesto luego en su sitio. “En esta vida todo se paga” o “aquí mismo está el infierno” nos decían nuestros padres, asegurándonos que no hay que esperar la justicia divina para que alguien pague por sus palabras o por sus actos y permitiéndonos al mismo tiempo, sopesar las ventajas y desventajas sobre uno mismo o sobre la familia, de un comportamiento antiético o inmoral.

En cuanto a mis propias vivencias, recuerdo que al llegar a España, sentí verdadera tristeza al comprobar que persistían valores que se habían ido perdiendo en Ecuador. Particularmente recuerdo de un episodio, que viendo por televisión el desarrollo de un juicio de interés general, uno de los acusados cayó fulminado víctima de un infarto en el mismo estrado donde estaba siendo interrogado. Aquello me llevó a cuestionarme, ¿qué pasaría por la mente de aquel hombre para no soportar la presión de un juicio?. ¿Acaso que su honor quedaba mancillado? o que de ser condenado, ¿toda su familia iba a ser señalada con el dedo?. Mientras yo, que acababa de llegar de un país donde los delincuentes incluso se vanagloriaban de los delitos que cometían, seguramente porque se sabían impunes y que no pisarían jamás una sala de juicios peor una cárcel, no salía de mi asombro. Había llegado a un nivel tal de bajeza moral en la sociedad ecuatoriana, que por poner un ejemplo, el hijo de un ex-presidente de gobierno, se vanaglorió en los medios de comunicación por haber “ganado su primer millón de dólares en las Aduanas”. Es decir que el robo y el cinismo, se habían convertido en valores a ser ventilados, admirados e incluso, imitados.

Ahora y a propósito de este terremoto, duele constatar que aquellos valores persisten e incluso se han sumado otros peores, porque basta ver el nivel de virulencia al que se ha llegado en las redes sociales o medios de comunicación, al gozar de repente de un medio de expresión gratuito y masivo, donde la gente tiene la oportunidad de manifestarse abiertamente ya sea porque el presidente de turno no les gusta, porque les pusieron una multa o por porque el vecino, el familiar o el mejor amigo con méritos -o sin ellos, lamentablemente no se puede negar que existan casos-  haya logrado colocarse en un cargo gubernamental.
   
Por lo mismo me preocupa, ¿qué valores se están inculcando en los hijos o nietos si a diario ven desfogar a sus padres frases de odio incontrolado, se magnifican los supuestos errores, se acusa sin pruebas, se minimiza la inteligencia del otro solo porque piensa diferente?. ¿Acaso no les preocupa el futuro de la sociedad que van a dejar por legado, o en el peor de los casos, no les preocupa ser recordados por sus propios hijos o nietos como personas que manifestaron sus bajas pasiones en las redes sociales, que al final de cuentas son como en una reunión entre amigos, familiares o simplemente entre desconocidos, cuando antaño los padres eran los referentes morales para ser buenas personas y buenos ciudadanos?

Leía en algún lado acerca del comportamiento humano en situaciones extremas como en el caso de una guerra, concretamente en la Guerra Civil Española, donde cualquiera podía denunciar a su vecino, a su amigo incluso a su propio padre o hermano, con tal  de quitárselo de en medio sea por envidia o por celos, llevándole de esta manera a una muerte o una desaparición segura y me imaginaba, si estuviéramos Ecuador en una situación parecida, sin duda aquello sucedería.

Para terminar y volviendo a los comentarios de mis padres, considero que tampoco es del todo cierto que "el que la hace, la paga" ya que es triste comprobar que algunos personajes llegan a morir sin haber pagado por sus maldades, pero al menos en mi caso personal, me queda el ejemplo de mis padres a los que jamás he visto un atisbo de envidia hacia el que progresaba o triunfaba o vociferar a los cuatro vientos calumnias o mentiras que afecten el honor de otras personas. Y eso para mí, es más que suficiente para intentar ser mejor persona en un mundo que pese a todo, vale la pena vivirlo.

No hay comentarios: