martes, 3 de marzo de 2020

VOLVER LA MIRADA AL CAMPO




Hace algún tiempo, leí en un medio ecuatoriano de la indignación que sentían los exportadores del banano, por cuanto, unos supermercados alemanes habían decidido bajar el precio de la caja de banano que, según el editorialista, era injusto por cuanto no se tomaban en cuenta el sacrificio y el esmero que ponían para producirlo y que esa intromisión al establecer los precios, era un atentado a la soberanía del país.

Este incidente me hizo recordar que, al llegar a Europa, me asombré de la altísima calidad del plátano ecuatoriano el mismo que, lo vendían en cualquier supermercado o frutería siendo, además, muy barato, lo que no se correspondía con lo que yo solía comer en Ecuador, un plátano muy pobre, lleno de manchas negras lo que me llevó a la conclusión que éstos últimos, quizás eran el producto de los pequeños agricultores o más bien, el desecho de las grandes productoras, lo que se conoce actualmente como la “fruta o verdura fea” que no son sino, productos estéticamente desagradables para el consumidor, lo que conlleva a clasificarlas para mermeladas y para comida de animales o, lo que es peor, para tirarlas a la basura.

Todo ello me ha llevado a reflexionar también, de cómo aquí en Europa los productos son mimados para el consumo interno a tal punto de consumir unas preciosas naranjas, por ejemplo, que han sido primorosamente envueltas una a una en un papel agradable al tacto, lo  cual, me parece una exageración que, sin embargo, pone en evidencia la gran competencia que existe entre el sector para atraer al consumidor, pese a que también se exporta al exterior lo que de alguna manera justifica la riqueza de España que no depende del petróleo como en nuestro caso, sino del trabajo y de la producción de su gente.

En Ecuador, por lo visto, los productos “feos” se quedan en casa y los “guapos” los tenemos que mendigar a que nos los compren en Europa o EEUU aunque sea, a precios irrisorios ya que se dice, por ejemplo, que en EEUU es posible comprar 10 plátanos por 1 $ mientras que, en Ecuador 4 por el mismo precio, lo que pone en evidencia que no tenemos la autoestima necesaria para hacer valer nuestros productos en el extranjero y para procurarnos de ellos para el consumo interno y aquello, al parecer, empieza con el maltrato a los mismos campesinos que siembran y cosechan en condiciones precarias, casi como en la época precolombina ya que no ha sido posible una verdadera tecnificación peor, informatización del sector, convirtiendo al productor que suele ser el indígena o el montuvio, en sinónimo de pobreza (más del 41,6 % de pobres con respecto a las zonas urbanas), suciedad, malnutrición que desemboca en taras físicas y mentales, ignorancia por falta de educación o de escuelas accesibles y de maestros.

Además, el agro está conformado mayormente por mujeres y siguiendo la tendencia mundial, en Ecuador se constituye en el 61% de su población siendo también, la que tiene el mayor porcentaje de analfabetismo con respecto a los hombres desembocando tal vez por ello, en una mayor carga de trabajo, mayor número de hijos y mayores casos de violencia doméstica.

Recordaba que fue un gran político, el tres veces candidato a presidente Raúl Clemente Huerta, quien dijo hace más o menos 40 años (hay que ver que desde ese entonces se tenía conciencia de la problemática de la economía del país) que lo que necesitaba el país para cuando se acabe el petróleo, era una gran revolución agraria y es triste constatar que luego de tantas décadas, nada se ha hecho y poco ha cambiado ya que, por no decir ninguno de los gobiernos se ha preocupado seriamente por hacer realidad esa revolución. Y es curioso para mí también que, mientras Clemente Huerta anhelaba ese sueño, en esa época, miles de emigrantes españoles regresaban de Alemania o Bélgica para crear grandes zonas agrarias en la región de Murcia, que se ha convertido hoy por hoy, en la mayor zona productora de fruta, hortalizas y verduras de Europa y del que nos nutrimos todos los españoles además de exportarlo a otros países, creando fuentes de trabajo a propios y extraños.

Ante ello, es evidente y necesario que se vuelva la mirada al campo, no solamente para estimular al productor mediante subvenciones y créditos a intereses flexibles y con tasas de amortización realistas que permitan la modernización del sector acorde con los avances del siglo XXI, sino también para promover cooperativas y asociaciones que reglamenten y aúnen esfuerzos e ideas mediante cursos y actualizaciones, para censar a los pequeños y grandes productores y saber quién mismo es el que produce y quién el que lo vende; y de esta manera, mejorar sus condiciones de trabajo y producción.

Es necesario también, para saber qué es lo que se come, si son productos que han tenido un debido proceso de control, si no se han utilizado productos prohibidos o si se han producido bajo condiciones de vida laboral y personal dignas, etc.

Solo de esta manera ganaremos todos y lo que es más importante, grandes empresarios ganarán un precio justo y se dará la oportunidad a la población rural a que se gane la vida dignamente y no tengan que aumentar el cinturón de miseria en las grandes urbes que desemboca en delincuencia, suicidios y pobreza.

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