viernes, 30 de abril de 2021

FIN DE LAS ELECCIONES

 


Vídeo. La hora nacional

Cuenta una leyenda acerca de un sujeto que en cada campaña electoral se mostraba ambiguo, sin comprometerse abiertamente a favor de nadie pero que, el día de las elecciones y cuando ya se sabían los resultados, aparecía de la nada en los festejos y se acercaba al ganador o a los líderes de campaña diciéndoles: “Ganamos ¿no?”. No sé si será verdad, pero lo cierto es que parece que la táctica le funcionó, porque luego él y algunos miembros de su familia se colocaron como funcionarios públicos en diversas instituciones del estado.

Y es que es así como funciona la política en Ecuador. Como una agencia de empleos mediante el cual, los candidatos ofrecen trabajo, más no los mecanismos para crear fuentes de empleo sino, puestos temporales o definitivos directamente en las instituciones públicas. Y no me refiero a los cargos de elección popular o los de libre remoción que por algo su nombre lo indica, ya que ellos se escogen de acuerdo al círculo íntimo o de confianza del gobierno de turno para las funciones específicas de su gobernanza, sino a cargos que se conocen en Ecuador como burocracia y que son los que desgraciadamente determinan el normal funcionamiento de un país por lo que, muchos electores trabajan en las campañas y luego votan en función de ello, con la esperanza de un cargo sea para el hermano mayor, el marido o para la madre de familia que salve o mejore la economía del hogar. Por ello es que las campañas son, además de intensas, encarnizadas, violentas y agudizadas ahora más, por la irrupción de las redes sociales donde -como es de esperarse- no se hace campaña en función del bien colectivo como país, sino del individual por lo que el odio, la venganza y la envidia hacen acto de presencia destruyendo relaciones sociales, familiares o los pocos valores que, como nación, aún albergábamos y del cual nos sentíamos orgullosos.

Por esa misma razón, también existe un champús de ideologías que no es raro ver gente que defendía ideales izquierdistas en una campaña, virarse a los de derecha o a las de centro en la siguiente y así, sucesivamente, todo en función de la posibilidad de obtener un cargo ofrecido por parte del candidato de turno.

Pero, lo peor de todo es que, bueno sería que todo quedara en nada transcurridas las elecciones, ya que por algo muchos ruegan no romper las relaciones por causa de la política y volver a la vida normal, luego de prácticamente despellejarse vivos mutuamente, sino que lo más grave es que las consecuencias de ello son la razón también por lo que todo funciona mal en el país.

El vídeo que precede este artículo es del año 1990 y aunque parezca sumamente gracioso y al payaso lo vitoree un público que probablemente esté compuesto mayormente por funcionarios públicos, ya que eran de los pocos que podían permitirse un espectáculo privado de ese tipo, no deja de ser una triste y dolorosa parodia de una realidad que, al parecer persiste al representar a un funcionariado público que hace alarde de arrogancia y de falta de preparación, organización y empatía.

Por lo mismo y a diferencia de países desarrollados, la gestión de la pandemia ha evidenciado el caos, la desorganización y la falta de transparencia de esta forma de gestionar el recurso humano de servicio público, provocando el colapso de la economía al igual que la sanidad pública, siendo este último el más afectado, ya que ha muerto mucha más gente con relación al total de la población, además de afectar a los que esperaban un trasplante o medicamentos para el tratamiento del cáncer, por ejemplo.

Lógicamente que existen honrosas excepciones. Aquellos que, a más de sortear los típicos obstáculos de los concursos de méritos y oposición, tienen que superar la criba de recomendados y encima sentirse felices de haber logrado un segundo o tercer lugar para de esta manera darle algún sentido a la figura de estado.

Por ello, es preciso más educación y conciencia sobre los derechos ciudadanos, exigiendo la igualdad de condiciones para obtener un trabajo público. Que no sea un deber cívico solamente acudir a votar sino, como bien lo indica el editorialista Fausto Segovia en el diario El Telégrafo recuperar la acción política de los ciudadanos, pero dentro del estado y sus instituciones, es decir buscando mediaciones y sensibilidades que ayuden a auto convocar a las personas y a aprender a vivir una real democracia; A BUSCAR SOLUCIONES ANTES QUE A LA QUEJA, EL LAMENTO, LA CULPA O LA VIOLENCIA; a integrar a todos, sin excluir a nadie en la búsqueda de CUMPLIR Y HACER CUMPLIR LOS DEBERES Y RESPONSABILIDADES CIUDADANAS, antes que solamente el EJERCICIO EXCLUSIVO DE LOS DERECHOS.

Solamente de esta manera ganamos todos al funcionar el estado en virtud de la igualdad de derechos y deberes.

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