sábado, 26 de febrero de 2022

LA INUTILIDAD DE LA ENVIDIA

 



"Ninguna herida es un destino". Boris Cyrulnik

Existe un tema recurrente que ha tomado mucha actualidad debido al auge de las redes sociales y que, al ritmo de las publicaciones con los supuestos éxitos reflejados en los cientos de imágenes que publica la mayoría de las personas en dichas redes, han hecho que florezca LA ENVIDIA. Y, por lo mismo, me es inevitable no recordar una película que en su tiempo, si bien me llamó la atención, no es hasta ahora que me fijo más en el papel de aquel envidioso que se pasó toda la vida poniéndole todas las zancadillas posibles a Mozart, hasta que este último murió sin que haya hecho mella en su vida dichas acciones, ya que ha trascendido en el tiempo y en el lugar, al considerárselo el más grande de los compositores jamás habido en su género en todo el mundo.

En efecto, se trata de AMADEUS.

Me preguntaba: ¿cómo pudo ser posible que este personaje (el envidioso) haya desperdiciado toda su vida en su afán de destruir -sin éxito- a una persona? Difícil encontrar una respuesta a esta interrogante, ya que me parece increíble que algo así suceda, por cuanto, considero que solo se vive una vez y que esa vida se debería, más bien, aprovecharse en hacer cosas constructivas o que nos gusten.

Consecuentemente, la envidia solo destruye al odiador y su, supuesta lucha, siempre será estéril.

En mi caso personal, por ejemplo, no me considero una persona digna de ser envidiada, por cuanto sería demasiado presuntuoso de mi parte creer aquello, aunque no han sido pocas las veces que me han hecho sentir así, pero gracias los valores recibidos de mis padres y al sentido de la vida que tengo, me permiten no darle ninguna atención al tema, peor, que influya algo en mí.

Como decía, será porque jamás escuché decir a mis padres algún comentario de molestia, porque alguien triunfara y lo único, sí, es que nos decían es que uno debe ser responsable con sus actos y con las decisiones que uno tome, por lo que viniendo de una familia fuertemente católica, encomendamos dichos actos a Dios, sin esperar ningún milagro extraordinario y pidiendo más bien, la sabiduría necesaria para tomar las decisiones correctas, sobre todo en los momentos difíciles. Nos ponían ejemplos, además, de gente que, habiendo actuado mal, lo pagaba tarde o temprano, por lo que nos acentuaban el hecho de no hacer mal a nadie para poder enfrentarse a la vida con la conciencia tranquila y con la frente en alto.

Es por ello, también, que me siento incapaz de sentir envidia por otra persona, ya que considero, además, que todas las personas hemos sido dotadas de unas características que nos hacen únicos e irrepetibles, no solamente en el aspecto físico, sino también en el emocional y cognitivo. Por lo mismo, nunca seré la cantante de voz extraordinaria o el arquitecto de creaciones originales que me hubiese gustado ser, incluso, en mi profesión no podré ser el conferenciante o el especialista de éxito, porque se necesita madera para ello, pero sí intento ser la mejor en lo que me he preparado y en lo que me gusta, que cada día es un aprendizaje en mi profesión, así como en la escritura y en la pintura que son mis hobbies, de tal manera que poco tiempo me queda para estar envidiando, peor, estar urdiendo un plan para perjudicarle a una determinada persona.

Me imagino que debe ser terrible para alguien, en determinada etapa de su vida – y más, si es traspasando el umbral de la madurez- que haga un balance de lo hecho y descubrir que no hay nada que haya valido la pena. Pero es allí, precisamente, donde el sentido de la vida que uno tiene, toma protagonismo. Tal vez, para unas personas el sinónimo de éxito o triunfo puede estar en viajar por el mundo o en tener un coche de alta gama o un trabajo en el estado, que no está mal si ello les hace felices, pero, para otros, estaría solamente en reunir a la familia completa en una comida de domingo y compartir fraternalmente risas y bromas o, simplemente, en disfrutar del arte. Personalmente, nada me hace sentir más rica y privilegiada que disfrutar de un museo o del cine de autor, por ejemplo.

También creo que influye el sistema político y social que impera en los países. En las sociedades igualitarias, con mayor calidad de vida, donde el ser pobre se considera puntos para poder acceder a becas, a ayudas para montarse un negocio o para conseguir una vivienda, difícil es que surjan las envidias y los envidiosos. Claro que existe algo de envidia, faltaría más, pero es casi imperceptible y en casos puntuales, generalmente en personas con problemas de baja autoestima o que viven de ayudas. Es por ello, que ha sido mi afán personal el concienciar el acceso a la adecuada información y al buen uso del internet y por lo mismo, este blog, justamente porque he caído en cuenta que, hasta para hacer buen uso del internet, depende del grado de desarrollo de la sociedad en que se vive. El internet es una herramienta poderosa que, bien utilizada, puede ayudar a distintos aspectos de la vida de un país, mientras que, su mal uso, pensando que son solamente las RRSS para socializar, puede hundirlo al recibir información sesgada y manipulada que hace que se retrocedan años de desarrollo alcanzado.

Por último, me gusta una frase que leí por ahí que dice que, el envidioso no es que envidia lo que tienes, sino la luz que desprendes y creo que, más bien, esa luz es la actitud y el positivismo con que se toma las desventajas que se presentan en el camino. 

Es la seguridad en lo que se tiene y en lo que valora.


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