jueves, 2 de mayo de 2019

ELOGIO AL INSULTO






Vivo convencida que si alguien es un personaje público o es alguien que, de alguna manera crea corrientes de opinión, debería al menos prepararse de antemano para decir o escribir algo, sobre todo ahora que están en auge las redes sociales ya que sus palabras, no solamente servirán para trasmitir el mensaje que quiere enviar sino también, para que la gente los tome como referentes para expresarse dentro de sus círculos sociales con todo lo que ello implica, es decir, ortografía, gramática, sintaxis, sustentación, etc.

Y dentro de éstos, algunos lamentablemente, recurren al insulto o al agravio, como forma tal vez, de desfogar sentimientos reprimidos, para llamar la atención y decir “¡Hey, que sigo aquí!” o simplemente, para salir al paso ante su incapacidad de argumentar algún tema.

Menos mal que existen otros, que hacen buen uso del insulto sea para llevar a la reflexión o para distender el ambiente, pero son raras excepciones y debe ser porque se requiere cierta inteligencia y capacidad dialéctica para hacerlo. Muchos ejemplos a lo largo de la historia han hecho de él, un arte y han construido frases geniales que no han sido más que insultos disimulados, diría yo, como la inolvidable controversia entre Winston Churchill y la primera diputada mujer del parlamento británico, Lady Astor, quien le espetó en medio de la sesión diciéndole “Si usted, Señoría, fuera mi marido, le pondría café envenenado para que se lo beba” a lo que Churchill le respondió “Y si yo, fuera su marido, me lo bebía”, provocando la carcajada de los demás diputados y haciendo de esta frase, inolvidable para la historia.

Es diferente el caso en Ecuador ya que, si se quiere insultar, se recurre directamente a palabras mal sonantes lo cual, se vuelve desagradable y lesivo para el que lo escucha, lo contrario que en España y será porque dichas palabras se han enquistado en el lenguaje popular, de tal manera que casi ya no suenan como tal, sino que, al contrario, sirven hasta para expresar determinados sentimientos o situaciones. La palabra “coño” por ejemplo, que es como se le conoce al órgano sexual femenino y, me perdonan que lo diga con toda la crudeza, es un insulto y sirve también, para expresar estados de ánimo o situaciones. “Eres un coñazo”, significa que alguien es pesado o, también como una expresión de sorpresa, “¡coño!, qué fuerte”. “Estar encoñado” en cambio, significa estar muy enamorado y no tiene nada que ver con el órgano sexual sino más bien, lleva un connotación anímica positiva.

Será por esto último entonces que, para insultar, se recurre a frases ingeniosas que intentan tal vez, emular enemistades legendarias como la de dos de los famosos escritores del Siglo de Oro de las letras, Francisco de Quevedo y Luis de Góndora, quienes hicieron uso de su extraordinaria dialéctica para mostrar sus diferencias y manteniendo por tal razón, en vilo a toda sociedad de aquel entonces hasta nuestros días.Ya en el siglo actual, quizás, el más famoso por sus “zascas”, tan útiles en los tiempos del Twitter, es el afamado escritor, periodista y reportero de guerra Arturo Pérez-Reverte quien, con sus acostumbrados exabruptos no ha dejado indiferente a nadie y ha obligado en más de una ocasión, a mirarnos en el ombligo como aquella memorable frase que dijo “Si una ardilla saltara de cabeza en cabeza de cada gilipollas de norte a sur de España, no tocaría suelo”.

Otrora en Ecuador, también se hacía gala de genialidad en el debate como el caso del cinco veces presidente José María Velasco Ibarra quien, para irritar a sus contendientes y de paso, ganarles la moral, les decía: “Dadme un balcón y ganaré la presidencia”. Pero algo se torció desde el regreso a la democracia en el 1979 haciendo que la vulgaridad, las frases sin sentido y escatológicas alcanzaran su máximo apogeo y al parecer, pegándose en la sociedad haciendo que el ingenio y la creatividad se pierdan y al contrario, en vez de debate, se escuche cualquier cosa, menos chistes o argumentos.

Esperemos entonces, como dije al principio, que los personajes públicos asuman la responsabilidad frente a la sociedad y contribuyan, no solamente al debate, que es lo más importante quizás, sino también a enriquecer el idioma, así sea mediante el insulto. Bien empleado, por supuesto.

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