jueves, 13 de agosto de 2020

AQUEL VIAJE QUE LO CAMBIÓ TODO


                                              Foto. Bahía de Caráquez

Sinceramente no me sentía inspirada y tenía pensado, tal vez, escribir algo sobre la situación política del Ecuador, pero me sentía desmotivada al haber llegado a la conclusión, como había manifestado semanas atrás, que el país es un estado fallido.

Felizmente, como soy una copiona y no me avergüenzo reconocerlo si se trata de cosas buenas, esta semana salió un precioso artículo en El País Semanal sobre cómo un viaje pudo cambiarlo todo en la vida de algunos famosos escritores y decidí que yo escribiría sobre lo mismo, es decir, sobre aquel viaje que lo cambió todo en mi vida.

Aunque, evidentemente y el nombre del blog lo define, mi venida a España cambió mi vida tal es así, que ya llevo más de 12 de los 20 años viviendo aquí, descubriendo cosas nuevas y compartiendo mis experiencias con mis amables lectores. De tal manera que, retrotrayéndome en el tiempo buscando otro viaje significativo, me sitúo en mi infancia recordando entonces, con mucha emoción y al igual que algunos de esos escritores, la primera vez que viajé a la playa; viaje que cambió de alguna manera, mi visión del mundo.


Fuimos con mi madre y mis dos hermanos (mi hermano menor aún no nacía) al conjunto vacacional en Bahía de Caráquez que pertenecía a la empresa donde trabajaba mi padre y él, no nos acompañaría ya que tenía obligaciones laborales por lo que viajaríamos en un autobús inter provincial.


Para nosotros era primera vez que tomaríamos contacto con el otro Ecuador. Ese Ecuador de la costa del que teníamos noticias solamente a través de la televisión. Hasta ese entonces, solamente conocíamos la provincia de Bolívar de donde eran oriundos mis padres y la capital, donde vivíamos. Las noticias en general, la de los grandes medios, contaban como hasta el día de hoy, solamente los acontecimientos de las grandes ciudades, es decir, de Quito y Guayaquil y poco más. De allí, que el viaje se convirtió en toda una experiencia, alimentada por las expectativas de tres niños que solamente ansiaban ver por primera vez el mar y la playa.


Como había dicho, viajamos en autobús y el viaje duró ocho horas recorriendo gran parte de la zona subtropical y tropical del Ecuador. De cuando en cuando, en cada pueblito, el autobús iba parando para recoger y dejar pasajeros y mientras lo hacía, subían desesperadamente gran cantidad de vendedores de todo tipo llamándome la atención y de manera especial, los niños que vendían refrescos o cualquier otra chuchería. Niños como nosotros, pero desnutridos y morenitos, los mismos que nos quedaban observando atónitos y con no disimulada curiosidad, para luego extender el producto y suplicarnos con un “Compre vea…” mientras se metían los dedos en la nariz.


Fue mi primer contacto con una realidad que me acompañaría el resto de mi vida, ya que me reveló algo incomprensible para mí y que me alertó de la desigualdad imperante en el país y del que parece, poco ha cambiado desde aquel entonces.


Siguiendo con el viaje, fue novedoso el cambio de la temperatura ambiental. En cuestión de unas pocas horas pasamos del frío primaveral al calor sofocante, el mismo que ya no nos abandonó durante el resto del viaje, sumiéndonos en un involuntario letargo ante la mezcla del olor a sudor, el humo de los cigarros y la música estridente al gusto del chófer. Las preguntas que le hacía mi hermano a mi madre de vez en cuando, preguntándole cuánto faltaba por llegar, nos hacía reaccionar volteándonos rápidamente hacia la ventana, para luego volver a dormir al constatar que aún no habíamos llegado a nuestro ansiado destino.


Finalmente, y luego de varias horas que parecieron interminables, llegamos a Bahía. Una pequeña, pero ya pujante ciudad, con unas inmensas playas vírgenes y pequeños chalecitos del que luego, al volver al cabo de algunos años y pese a los lujosos edificios, mantenía aún ese candor que lamentablemente suele destruir la irrupción del turismo y la inversión internacional.


Ni qué decir de la vida cotidiana de los bahienses.


En los inmensos soportales de los edificios para dejar correr el aire fresco, circulaban mujeres ligeras de ropa, gordos gordísimos que comían al aire libre unos inmensos platos de ceviche ante la falta de modernas máquinas de ventilación en sus hogares o restaurantes; numerosos e improvisados mercadillos en cada esquina vendiendo preferentemente productos de playa; altavoces que invitaban a comprar en los almacenes o al paso, cualquier baratija. Y nuevamente niños vendiendo, ésta vez “jugo e’ coco”.

Era la vida a la máxima expresión.


Y como si eso fuera poco, a tempranas horas de la mañana la gente del lugar vendía "bolones de verde" para el desayuno o pescado fresco y langostas para la comida, los mismos que se podían preparar en la cabaña asignada, al disponer afortunadamente de cocina y comedor.


En fin, un viaje que me hizo conocer el Ecuador profundo y real y del que muchas veces, decidí ignorar la parte que incomodaba mi conciencia para hacerme creer que íbamos camino hacia el desarrollo.

* Juo e' coco: Jugo o zumo de coco
* Bolones de verde: Preparados en forma de bola amasados con plátano verde cocido y queso

 


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